Hay de elefantes a elefantes…

Confieso que con frecuencia me embarga un sentimiento muy mío y muy neurótico que consiste en pensar que todo en la vida termina siempre en desastre, y que entre mejor le vaya a uno… peor acabarán las cosas.

Tal desesperanza no se debe a haber crecido bajo el yugo del PRI y en una época donde los hombres andaban con guayabera. No, yo creo que surgió aquella tarde remota en que mi madre me llevó a conocer un castillito rosado, allá por Lindavista, para que mis inocentes ojos contemplaran la tragedia de un elefantito que no le había hecho mal a nadie, pero que sufría mucho y se quedaba huérfano, ¿o fue primero el venado?

Al parecer, lloré a mares con tales películas, aunque más tarde encontré un poco de alivio en las historias de esas muchachitas modosas, buenísimas para hacer el quehacer de sus casas, que al finar de una serie de humillaciones y de mucho sufrimiento, producto de la envidia de otras mujeres (feas y malas), lograban el mejor de los destinos posibles como premio a su abnegación: casarse con el príncipe.

Sé que mi madre me quería y pensaba que estaba procurando mi bien, y sé que no era su culpa que yo viera semejantes dramas, porque esas eran las películas que veíamos los niños, y no había otras.

Así las cosas, durante mi infancia, creo que vi La Cenicienta unas once o doce veces, lo cual explica perfectamente por qué he tenido cinco maridos.

Por eso, cuando crecí, abjuré de los muñequitos, que tanto y tan mal me marcaron.

Pero ahora he vuelto de la mano de mi hijo al mundo de las películas infantiles, y las cosas son muy distintas. La princesa Fiona es una experta karateca, y aunque ha sido educada para vivir a la espera de un apuesto príncipe, al final se enamora del ogro, descubriendo así que ella también lo es y que no hay nada de malo en ello.

Sigue habiendo historias de amor, pero ya no se trata del amor romántico e idealizado por un príncipe ñoño. Es el amor matrimonial que lucha contra la rutina de la cotidianidad en los Increíbles, o el amor del mamut que acaba queriendo a un niño al que cuida, a pesar de su condición de ser humano; o el del monstruo que teme también a los niños, pero al conocer a una acaba rendido de ternura. Desde luego, se habla también de otro tipo de mujeres, como la abuelita de Caperuza, fanática de los deportes de riesgo y gran atleta ella misma.

El cine infantil de hoy está lleno de personajes entrañables, como la rata que se niega a comer basura y que encuentra un placer insuperable en el arte de cocinar; o el carro de carreras que prefiere perder un trofeo a dejar abandonado a su suerte a un veterano caído en desgracia, porque ha aprendido el valor de la amistad y la solidaridad…

Y hoy mismo he llevado a mi hijo a ver al elefante Horton, un tipo buena onda que piensa que todas las personas merecen vivir, por muy pequeñas, lejanas o distintas que sean, y que lucha contra el fanatismo criminal de una cangura intolerante para salvar a toda una comunidad de seres que habitan en un mundo microscópico, posado sobre un diente de león.

A mí las películas infantiles de ahora me encantan y me quitan el pesimismo. Porque los príncipes azules no existen ni existirán jamás, pero la solidaridad, la bondad y la tolerancia sí. Y qué bueno que hoy los niños lo sepan desde antes de saberlo.

____________________________

Del 27 de marzo de 2008, cuando publiqué este texto en El Centro, al día de hoy, he visto otras 37 películas infantiles padrísimas. A veces, obligo a mi hijo a acompañarme por tercera vez para volver a ver una cinta particularmente gozosa sin sentirme tan ridícula. Él pone los ojos en blanco y cede gentilmente a mis deseos.

Leave a Reply