De Papas y pederastas infernales

Pocos días antes de que la esposa de nuestro presidente llegara al Vaticano para entregarle al Papa Benedicto XVI algunos regalitos de Navidad muy mexicanos y artesanales en compañía de personajes como Emilio Azcárraga, otras mujeres se movilizaron para condenar moralmente y a punta de huevazos podridos a los remedos de jueces, muy mexicanos también, que tenemos en este país, y que ampararon con su suprema actuación contra Lydia Cacho a lo más granado de la pederastia nacional.

Estos asuntos de Papas y pederastas charros me recuerdan al difunto Juan Pablo II y cómo le hacía fiestas al Padre Maciel, connotado violador de niños, a quien protegió durante años y del que dijo que era “un modelo para la juventud”, gracia de la que cayó Maciel cuando Ratzinger le impuso el terrible castigo de invitarlo a retirarse para vivir una vida de penitencia y oración. ¡Huy!

De juzgarlo, nada, que el fundador de los Legionarios de Cristo seguramente tiene ya garantizado un lugar VIP en el Cielo que a los ateos y no bautizados se nos niega desde ahora.

Sí, porque nosotros los ateos nos vamos a ir al Infierno, nos enteramos ahora que Ratzinger ha regalado al mundo su segunda encíclica, titulada Spe salvi, dada a conocer el pasado 30 de noviembre.

Porque si creíamos que ese lugar de cuento de horror no existía en la realidad del mundo físico, que se trataba de una metáfora, y que la imagen de diablitos torturando gente por toda la eternidad en una escenografía de cuevas envueltas en llamas, como de película del Santo, era tan gráfica como ridícula y pueril… estábamos muy equivocados, como tendremos interminable ocasión de comprobar una vez que dejemos este mundo para pagar por nuestros pecados.

Los buenos católicos, en cambio, no tienen ese problema. Como ellos tienen la Gracia, ésta les permite encaminarse “llenos de confianza al encuentro con el Juez”. (¡Ojalá que no se trate de un juez mexicano!)

Volviendo a esta segunda encíclica, resulta que, en la versión papal de la historia, todos los males de la humanidad se deben a querer gobernarse sola y establecer sus propias leyes, en vez de seguir la “ley natural”, que es la de Dios, en interpretación de su Santa Iglesia.

Es decir, que el Mal es la razón, y el Bien es la fe en la Iglesia. Así, el Papa condena a la democracia, a la Ilustración, a los comunistas y a los ateos todos. El mundo al que aspira el Sumo Pontífice es uno donde todas las mujeres tengan las docenas de hijos que Dios les mande, sin aborto posible bajo ninguna circunstancia y sin uso de métodos anticonceptivos; donde los mansos corderos del Señor no anden pensando en dinosaurios ni otras aberraciones darwinianas; donde la gente muera tranquilamente, o dolorosamente, da igual, cuando los designios superiores así lo quieran; donde la ciencia deje de pretender que descubrirá las claves de la vida y nos permita enfermar a gusto; donde las parejas que se aborrecen sigan juntas hasta que la muerte las separe; etcétera.

Mientras, Google me invita a “crear una alerta por correo electrónico sobre Benedicto XVI”. ¡Sí, por favor!, exclamo. Alértenme sobre este peligroso personaje que, si pudiera, haría de este mundo un auténtico infierno, peor que el que ya padecemos por gente como él y de similar calaña.
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Sé que, si existe, me iré al infierno por hablar mal del Santo Padre, lo cual me vale madre. Este texto lo publiqué el 20 de diciembre de 2007 en El Centro, amén.

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