Este sábado, mi marido y yo nos levantamos a las 4:30 de la mañana. No para hacer penitencia por nuestros muchos y muy variados pecados, sino porque era el inicio de nuestras vacaciones y había que estar en el aeropuerto a las 5:45 para huir de México.
Normalmente, soy de las que disfrutan la ciudad cuando los demás la abandonan y las calles se vuelven transitables y el cielo azul. Entonces aprovecho para recorrer museos, comprar cosas absolutamente innecesarias y comer toda clase de cochinadas que engordan, como si yo fuera turista y el fin del mundo algo improbable o remoto. Pero desde hace un mes en el sur de la ciudad la vida es difícil y el descanso imposible. Una ida al cine, a 15 minutos de distancia, representa un trayecto de hora y media de ida y otro tanto de vuelta gracias a las obras de ampliación del metrobús. Y quedarse tampoco relaja mucho, porque la intimidad doméstica, ya sea en sábado o en domingo, en la mañana, en la tarde o en la noche, es violada no por una, sino por varias llamadas telefónicas de acosadores profesionales que hacen telemarketing y por ello se sienten con derecho a que uno no solo les conteste el teléfono como si fueran los compadres, sino que les responda ágil y puntualmente qué seguros tiene y en dónde, o por qué no quiere aprovechar la maravillosa oportunidad de una tarjeta platino.
Por eso estaba en el aeropuerto, feliz de irme rumbo a Cuba y lista para disfrutar del Caribe… cuando a las 6:30 nos avisaron que nuestro vuelo se había cancelado porque el avión había tenido un problemilla, y porque la vida es injusta y además finita. Así que había que regresar al día siguiente, a la misma hora, a hacer la misma fila.
Resignados, mi marido y yo regresamos a casa y nos metimos otra vez a la cama, para dormir.
Eran las 8:40 de la mañana y estaba yo soñando con un piloto guapísimo, cuando el teléfono comenzó a sonar. Culpable y asustada (aunque mi relación con el piloto todavía no pasaba a mayores), contesté. Era, claro, una señorita que no conozco, que no es mi amiga y a la que no le di mi número, queriendo saber si estaba yo o no contenta con mi seguro de vida.
Harta de ser tolerante con esa gente que lo único que hace es tratar de ganarse la vida (como la mayoría de los delincuentes), le contesté que se fuera a ver si ya puso la marrana y le colgué el teléfono.
Mi descanso se había ido al traste; el de mi marido (que soñaba quizá con una azafata cubana), también. Decididos a hacer algo productivo, que nos ayudara a sentirnos mejor y que al final nos relajara (sexo no, claro, porque seguro nos iban a interrumpir por teléfono) nos fuimos a las oficinas de la Condusef, que precisamente ese día estrenaba su flamante servicio denominado REUS, que parece nombre del Doctor Chunga y quiere decir Registro Público de Usuarios que no Deseen Información Publicitaria de Productos y Servicios Financieros. Ahí, con copia de las credenciales de elector y de los recibos telefónicos, consignamos nuestros nombres, teléfonos y correos electrónicos, junto con nuestra indignación.
Se supone que en 45 días más la pesadilla terminará, los bancos, las sofoles y las empresas de marketing dejarán de molestar día y noche con sus maravillosos productos que nadie les ha solicitado, y podremos quejarnos si siguen haciéndolo para que los multen.
Contentos con eso tomamos por fin el avión 24 horas después de lo previsto.
El piloto y las aeromozas, eso sí, guapísimos.
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Cuando publiqué este texto en El Centro, el 6 de diciembre de 2007, no pensaba que un año después, de regreso en Profeco, me haría cargo de producir varios spots promocionando un servicio similar, el Registro Público de Consumidores. Fueron realizados por Alejandro González, mejor conocido como El Regio Fake, dirigido con mano férrea por Ruy Xoconostle. He aquí el link: http://revistadelconsumidor.gob.mx/?p=63