Los sonideros y la venganza frustrada

Un ejemplo del poco civismo mexicano del que hablaba la semana pasada lo tuve en mi propia casa, dos días después y durante tres noches interminables, cuando el pueblo en donde está incrustada la privada fresa en donde vivo se puso a celebrar a su santa patrona.

¿Quién nos manda?, diría mi abuela.

Ni siquiera había cumbias, sino que tuvimos que tolerar interminables punchis-punchis a decibeles inhumanos hasta las 4 de la mañana, 28 cuetes, la calle cerrada, el consecuente caos vial, basura por toneladas, alegría pura.

Mi hijastro, con la capacidad de asombro que nos da la juventud, no podía concebir que el delegado de Tlalpan permitiera que la fiesta se nos metiera así a la casa, sin importar que hubiera gente que quisiera dormir, o que tuviera que estudiar para un examen, o que se molestara porque los vidrios no dejaban de vibrar.

Al policía con el que habló para quejarse por teléfono se le ha de haber atorado la torta, de la risa.

Yo le expliqué que no era cosa del delegado de Tlalpan, sino de los legisladores que han permitido que las fiestas callejeras con sonido a todo volumen sean una realidad que existe desde que tengo memoria.

En fin. Que aguanté estoicamente el estruendo nocturno porque sólo ocurre una vez al año, porque no hay nada que yo pueda hacer al respecto, y porque sé que las cosas podrían ser mucho peor. Ocurrir, por ejemplo, todos los fines de semana, como en Ecatepec, donde viví entre los 10 y los 16 años.

Porque, aquí donde me ven, mis noches adolescentes tuvieron como música de fondo al Sonido La Changa y otros por el estilo, que se oían a kilómetros de distancia, y a veces hasta en mi misma cuadra, así que fueron muchos los bailes que pude ver embobada desde la ventana de mi casa, aunque algunas veces me uní a la fiesta.

Gracias a eso todavía sé “cómo se baila la cumbia”.

Olvidé esa realidad al irme a vivir después a otras colonias donde tales cosas no suceden: la Álamos, Insurgentes Mixcoac, Del Valle, Condesa… Así que no es sino hasta ahora que me entero, gracias a internet, de que, en efecto, La Changa nació en Tepito en 1968, cuando yo tenía 3 años. También descubrí que la potencia del sonido se debe a que cuentan con “42 amplificadores, 26 graves originales, 20 medios agudos y 30 agudos”, que transportan en un tráiler, más otro tráiler para las luces y la planta de luz.

También acabo de enterarme de que el entusiasmo por los bailes sonideros, también conocidos como tocadas o toquines (¡hacía siglos que no escuchaba esos términos!), vive ahora su furor en el centro del imperio.

Abro el apartado de “Historia” de la página ambientesonidero.com y mi corazón se acelera, con sed de venganza. “Ese movimiento que nació en México se propagó hacia los Estados Unidos de América a consecuencia de que se encuentran muchos mexicanos y que no podían disfrutar de esta bonita cultura del baile, gracias al señor Juan Manuel Cortés que llevó de por primera vez a Sonido La Changa y Sonido Perla Antillana al Hollywood Paladium de Los Ángeles…”

“¡Yes!”, exclamo con triunfalismo. Con que nos quitaron medio territorio, ¿verdad? Sufran ahora nuestra venganza, traten de dormir con ese escándalo, ¡enloquezcan con los decibeles! Luego sigo leyendo:

“…con la diferencia que es un lugar cerrado y que todos los bailes sonideros se harán en este tipo de lugares por las leyes de dicho país”.

Olvidaba que “dicho país” sí trata de cuidar la paz pública.

¡Carajo!

Este texto apareció en El Centro el 30 de octubre de 2007, época en la que todavía tenía yo un poco de energías para bailar cumbias y además no me había luxado el hombro en el tubo, y tampoco el tobillo. :(

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